• Marcelo Ducart

Amar es vaciarse de la voluntad de dominio

Espiritualidad, amor y dominio

Ser un buen alumno o un buen deportista, no es seguir llenando la vitrina de méritos sino aprender a vaciarse de sí mismo. Llegar a convertirnos en un discípulo de Dios implica lo mismo. Es una verdad muy incómoda y difícil. Porque necesita desaprender las creencias más fuertes del sentido común. Frecuentemente pensamos que para triunfar tenemos que aprender a imponernos sobre los demás, mostrarnos fuertes y astutos, desafiando a cualquiera que pretende opacar nuestro brillo. Y todo, sin escatimar la elocuencia de las intrigas y la astucia para aprovecharnos de los distraídos. Queremos convencer por la fuerza de las razones o si no queda otra, por la razón de la fuerza. Siempre encontramos justificaciones para violentar la dulzura. Nos cuesta vernos como hermanos menores, como medallas de bronce, como simples granitos de arena en el mar de la historia. Estamos tan satisfechos con todo lo conquistado que las paredes que hemos levantado para protegernos terminan oprimiendo lo mejor de nosotros.


Jesús en el Evangelio de este domingo (San Lucas 14,25-33), expresa que su idea para participar del discipulado del Reino es una cuestión de servicio y no de poder:


- “El que me sigue y no me ame más que a sí mismo no es digno de ser mi discípulo

(...) el que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”.


¿Qué significan estas palabras? Que allí donde ponemos nuestro corazón estará también nuestro dios con minúscula o con mayúscula. Si lo que nos roba el corazón son objetos y personas, esos deseos no tendrán la fuerza para empujarnos más allá de nuestras limitaciones. Pero si los deseos caminan al encuentro permanente del Dios altísimo, el eternamente otro, el Padre de Jesús, esa misma fe nos dará el empuje necesario para abrir el corazón a su bondad infinita. El que ama elige libremente someterse a todos, en particular a las necesidades de los más abandonados y necesitados. El que ama descubrió que hay que dejarlo todo para conseguir aquello que tanto anhelamos aún en medio de las heridas y cicatrices del camino. El que ama sabe que tanto ayer como hoy, decidirse a caminar tras los pasos de un maestro, implica revisar las inclinaciones del corazón. Es decir, que cosas arrebatan nuestros pensamientos y deseos. Soltar las mochilas y quemar las naves, para no volver a mirar atrás.

Sólo Dios basta, sólo Dios...

Marcelo

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