• Marcelo Ducart

Elevación y descenso

Actualizado: 28 ago

Acerca de generosidad y la arrogancia existencial

La vida nos enseña algunas leyes importantes para estar atentos sin descuidarnos en el camino. Palabras más palabras menos expresan: a) No eleves tanto la cabeza ni quieras sobresalir por encima de los demás, porque en el momento menos oportuno, te la cortarán. b) No te arrastres tan bajo porque te pisarán sin remedio. c) Sé paciente y que la arrogancia del triunfo y del éxito no te cieguen, porque te chocarás con todo el mundo. En cada uno de nuestros OTROS, se puede ver mejor lo que hemos construido del nosotros. CONSUMAR nuestra dignidad a cambio de "consumir" nuestros caprichos... eso significa APRENDER a convivir con sencillez sin desvivirse por el aplauso inmediato...


Por su parte en el evangelio de este domingo (San Lucas 14, 1-14) el maestro Jesús nos invita a imitar su humildad en el trato con los demás. El siendo Dios no tuvo la arrogancia ni el encandilamiento de los poderosos. Nació en la felicidad de una familia pobre, en un pueblo pequeño y olvidado. Permaneció oculto durante 30 años y sólo al final de sus días reveló su verdadera identidad a personas humildes y alejadas de toda fama. Obedeció la voluntad divina hasta la muerte y no cualquier muerte, sino aquella identificada con la humillación de padecer injustamente por las maldades ajenas. No hizo alarde con sus actos ni proselitismo barato para que hablen bien de él sino que siempre refirió a un Otro como el más grande: su Padre. Se comportó como el buen samaritano arriesgando su fama por aquello que a la vista de todos no tenía ningún valor. Y en el colmo de su locura, le regaló gratuitamente y a último momento el Paraíso a un desconocido ladrón crucificado a su lado. En ese contexto, brillan sus palabras cuando cantan:


"Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte!


Quien obra así con total desprendimiento no busca una retribución material ni espiritual proporcional a su esfuerzo. El cielo no se gana ni el Padre está en la ventanilla del comercio de las almas. La felicidad prometida es proporcional a la gratuidad oculta de nuestras acciones. El cielo prometido ya está presente desde la eternidad en la luz divina que permitimos reflejar en nuestra vida. No se trata de desaparecer en Él sino de volvernos como Él. Pero me pregunto: ¿Acaso podremos algún día parecernos un poquito? Sólo Dios sabe, sólo Dios...

Marcelo

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