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  • Marcelo Ducart

La fe es un don que escucha más allá de lo que se ve...

Fe, espiritualidad y deseo


La ciencia observa. La fe escucha. La ciencia trata de determinar cómo y de qué manera funcionan las cosas. La fe por qué existen y funcionan. La ciencia agudiza la visión. La fe distingue lo que oímos. La ciencia intenta ser exacta, impersonal, creíble y previsible. La fe es una regalo divino, comunitario, imprevisible y plagado de crisis y destiempos.


En el Evangelio del día (San Lucas 17,3b-10) los discípulos le hacen una extraña petición a Jesús. Luego de haberlo visto obrar innumerables milagros y de maneras tan sorprendentes sin poder entender mucho lo que veían, le dijeron a Jesús: "Señor, auméntanos la fe" . El respondió: "Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza y dijeran a ese árbol: 'Arráncate de raíz y plántate en el mar, él les obedecería (...)


¡Qué extraño! Pero, ¿a quién se le ocurriría semejante ejemplo para poner a prueba la medida de la fe? Sólo a Dios, sólo Él hace posible lo imposible. Lo me deja esta Palabra es la necesidad de no renunciar al deseo de Dios. A veces, nos confundimos anhelando grandezas y éxitos y él compara el regalo de la fe como si fuera un pequeño grano de mostaza. Y así deja en ridículo nuestras pretensiones de ser como dioses, alardeando suficiencia a los cuatro vientos.


La auténtica fe consiste en mirar la vida desde los ojos de Dios. Aprendiendo a ser fieles en las cosas pequeñas porque en ellas reside nuestra fuerza. La Madre Teresa de Calcuta nos enseñaba a no buscar actos espectaculares. A renunciar al permanente deseo de contemplar siempre el fruto de nuestra labor. A emprender aquellas buenas acciones que estén a nuestro alcance para realizarlas de la mejor manera posible y dejar el resto en manos de la providencia de Dios. Lo que importa es el don de uno mismo puesto en acción, el grado de amor que somos capaces construir. La fe nos enseña a no desalentarnos frente a los fracasos. A rechazar la gloria como si fuéramos la fuente de luz. A ofrecerlo todo a Dios con la más profunda gratitud. A no preocuparnos por lo que vendrá mañana ni por lo que piensa la gente. A ser humildes para que nada nos desvíe del servicio de aquellos que nos necesitan.

Marcelo

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