• Marcelo Ducart

La fe que purifica

Fe, salvación y enfermedades del alma

La fe purifica nuestras llagas y nos salva del insoportable peso de nuestros rencores.


Hay momentos en la vida que nos sentimos afuera. Como si un árbitro nos hubiera expulsado injustamente de por vida. Desaparecemos como objetos de interés para todos. Sentimos las miradas ajenas como dagas que nos traspasan. Esta es la experiencia de los leprosos del evangelio de San Lucas 17,11-19. Excluidos, olvidados, condenados socialmente por haber sido castigados por una enfermedad, el mal, el pecado... Vivían en la periferia de la sociedad, no podían tener contacto con nadie, no vaya ser cosa que contagiaran a los puros.


El leproso de esta Palabra es el símbolo del cordero sacrificado para lavar los males de una sociedad que no se anima a admitir su propia infección. Jesús se cruza con ellos, los observa, escucha y se conmueve. Como el buen samaritano, un extranjero de paso por esas tierras decide dejarse tocar por el dolor ajeno. Se acerca y los escucha clamar la oración de los humildes: "¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!".


Jesús los mira con ternura y les propone un desafío enorme, una prueba de fe. Vayan a presentarse a los sacerdotes para que certifiquen que ustedes ya están curados. ¿Pero cómo, si estaban cubiertos de llagas y no se podían acercar a nadie? Jesús espera y ellos rápidamente parten en busca de sus sueños. Todos se curan por el camino, pero sólo un extranjero enemigo de los judíos regresa para adorar al Dios de Jesús y darle gracias. El logró darse cuenta de la diferencia entre ser curado y ser salvado. Logró identificar al autor de la vida.


Lo llamativo del relato es que solamente un extraño, un personaje impensable logró ver más allá de su mirada y encontrar tras el ropaje pobre del profeta de Galilea, a alguien más grande que un simple curandero. No volvió a pagar por los servicios médicos recibidos, ni tampoco solamente a dar gracias. Volvió a tocar la tierra de la salvación en la carne de un hombre bajado del cielo (o que se eleva de la tierra, ¡Vaya a saber uno...!). Descubrió así un nuevo santuario viviente, escondido, frágil, pobre, pero más valioso que la vida misma, un templo que camina sin miedo a las muertes cotidianas, perfumando a los que se acercan a él con fe de salvación...


Tal vez, no sé, pero si hoy acaso nos cruzamos con alguien parecido: ¿no querríamos empezar también una nueva vida como ese leproso?

Marcelo

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