• Marcelo Ducart

Las trampas de la oración

Justificación, humildad y necesidad de Dios

Nada más dañino que pretender elevarse para despreciar a los demás. El Evangelio de hoy (Lucas 18,9-14), pone el dedo en la llaga. Presenta dos modos de comportarse. Jesús cuenta una parábola en la cual una persona distinguida y religiosa se tenía por justo y despreciaba a otra que era considerada como un traidor a la patria. El primero cumplía a la perfección todos los mandamientos y hasta se sentía dueño de Dios. Oraba de pie y condenaba a los que no eran de su nivel piadoso. El segundo no practicaba la religión, se mantenía a la distancia expectante de Dios, con la mirada baja, apenas con fuerzas para golpearse el pecho. El fariseo hacía propaganda en su oración de sus méritos y virtudes. Su oración era como una agencia publicitaria. El publicano le confiada a su Dios las culpas de sus pecados sin ninguna excusa ni pretensión. El fariseo oraba alabándose como si necesitara convencer a Dios de su currículum. El publicano alababa a Dios por la fuerza de su inmenso perdón.


La gran paradoja que intenta mostrar el maestro Jesús, es que cierta conciencia religiosa supone al mismo tiempo, una gran tentación a la soberbia. Siempre se está a un paso de sentirse superior a los demás y por lo mismo, juzgarlos y condenarlos. Es el mayor pecado: la SOBERBIA que nos hace sentir que no necesitamos de Dios. Jesús no reprocha la piedad del fariseo. Tampoco alaba el pecado del publicano. No expresa que el fariseo se vaya a condenar por sus actitudes religiosas, ni el publicano se salve por su amor al dinero. Simplemente dice: el publicano volvió a su casa JUSTIFICADO. En cambio el fariseo sólo se quedó con el eco de sus palabras.


¿Cuánto necesitamos realmente de Dios? ¿Cuál de éstas dos formas de vivir la fe expresa mejor lo que en realidad somos? No hay nada más puro y más religioso que la verdadera humildad de corazón…

Marcelo

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